viernes, 5 de junio de 2026
Viernes de la 9a semana del Tiempo Ordinario
Mark 12:35-37
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Primera lectura
2 Timothy 3:10-17
Pero tú has seguido mi enseñanza, mi conducta, mi propósito, mi fe, mi paciencia, mi amor, mi perseverancia, mis persecuciones y mis padecimientos: aquellas cosas que me sucedieron en Antioquía, en Iconio y en Listra. Soporté tales persecuciones, y de todas ellas me libró el Señor. Y, en verdad, todos los que desean vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución. Pero los hombres malvados e impostores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados. Tú, en cambio, permanece en las cosas que has aprendido y de las cuales estás convencido, sabiendo de quiénes las has aprendido, y que desde la infancia has conocido las sagradas Escrituras, las cuales pueden hacerte sabio para la salvación mediante la fe que es en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.
Salmo responsorial
Psalms 119:157,160,161,165,166,168
Muchos son mis perseguidores y mis adversarios. No me he apartado de tus testimonios. Todas tus palabras son verdad. Cada uno de tus justos decretos permanece para siempre. Príncipes me han perseguido sin causa, pero mi corazón se llena de reverencia ante tus palabras. Quienes aman tu ley tienen gran paz. Nada los hace tropezar. He esperado en tu salvación, Señor. He cumplido tus mandamientos. He obedecido tus preceptos y tus testimonios, porque todos mis caminos están delante de ti.
Evangelio
Mark 12:35-37
Jesús, mientras enseñaba en el templo, tomó la palabra y dijo: «¿Cómo es que los escribas dicen que el Cristo es hijo de David? Pues el mismo David dijo por el Espíritu Santo: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies". Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo, entonces, puede ser su hijo?». Y la gente sencilla lo escuchaba con agrado.
Lectio
Hay una continuidad que recorre las lecturas de hoy como un hilo de oro: la fidelidad que se aprende, se hereda y se sostiene en medio de la prueba. Pablo le recuerda a Timoteo que desde la infancia conoció las sagradas Escrituras, que no llegó a la fe en el vacío, sino a través de rostros concretos —«sabiendo de quiénes las has aprendido»—. La fe no es una idea abstracta que descubrimos solos; es un tesoro que recibimos de manos que nos amaron, y que ahora estamos llamados a custodiar cuando lleguen las dificultades. Porque llegarán: «todos los que desean vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución». No se nos promete una vida sin adversarios, sino una raíz que no se arranca.
El salmista vive precisamente esa tensión. Rodeado de perseguidores, no responde con amargura ni con cálculo, sino volviendo una y otra vez a la Palabra: «mi corazón se llena de reverencia ante tus palabras». Hay una paz honda que no nace de la ausencia de conflicto, sino de la pertenencia a Aquel ante quien «todos mis caminos están delante de ti». Y en el Evangelio, Jesús desconcierta a los expertos con una pregunta sobre quién es realmente el Mesías. Mientras los escribas se enredan en sus categorías, «la gente sencilla lo escuchaba con agrado». A veces el corazón humilde reconoce al Señor con más claridad que la mente erudita. La verdad no se posee como un argumento; se acoge como una presencia.
Tal vez hoy se nos invita a regresar a aquellas manos que nos transmitieron la fe, y a preguntarnos si seguimos dejándonos enseñar con la sencillez de quien escucha con agrado.
¿De qué rostros concretos —un padre, una abuela, un amigo, un sacerdote— recibiste la fe que hoy sostienes, y cuándo fue la última vez que les agradeciste, en oración o en persona, ese tesoro que custodias?
¿En qué área de tu vida estás resistiendo una corrección o una verdad incómoda con la actitud de los escribas, defendiendo tus categorías, en lugar de escuchar con la sencillez del corazón que recibe al Señor con agrado?
Santo del día
San Bonifacio de Maguncia
Ora lo lee en voz alta cada mañana, gratis. Ora