sábado, 22 de agosto de 2026

Sábado de la 20a semana del Tiempo Ordinario

Matthew 23:1-12

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Primera lectura

Ezekiel 43:1-7

Después me llevó a la puerta, la puerta que mira hacia el oriente. Y he aquí que la gloria del Dios de Israel venía por el camino del oriente. Su voz era como el estruendo de muchas aguas, y la tierra resplandecía con su gloria. Era conforme a la apariencia de la visión que yo había visto, según la visión que contemplé cuando vine a destruir la ciudad; y las visiones eran como la visión que vi junto al río Quebar; y caí sobre mi rostro. La gloria del Señor entró en la casa por el camino de la puerta que mira hacia el oriente. El Espíritu me levantó y me introdujo en el atrio interior; y he aquí que la gloria del Señor llenaba la casa. Oí a uno que me hablaba desde la casa, y un hombre estaba de pie junto a mí. Y me dijo: «Hijo de hombre, este es el lugar de mi trono y el lugar de las plantas de mis pies, donde habitaré para siempre en medio de los hijos de Israel. Y la casa de Israel no profanará más mi santo nombre, ni ellos ni sus reyes, con sus prostituciones ni con los cadáveres de sus reyes en sus lugares altos;

Salmo responsorial

Psalms 85:9-10,11-12,13-14

Señor, has sido favorable a tu tierra. Has restaurado la suerte de Jacob. Has perdonado la iniquidad de tu pueblo. Has cubierto todo su pecado. Selah. Has retirado todo tu enojo. Te has apartado del ardor de tu ira. Vuélvenos, Dios de nuestra salvación, y haz cesar tu indignación hacia nosotros. ¿Estarás enojado con nosotros para siempre? ¿Prolongarás tu ira por todas las generaciones? ¿No nos darás vida de nuevo, para que tu pueblo se regocije en ti? Muéstranos tu misericordia, Señor. Concédenos tu salvación. Escucharé lo que dirá Dios, el Señor, porque hablará paz a su pueblo, a sus santos; pero que no vuelvan de nuevo a la necedad. Ciertamente su salvación está cerca de los que le temen, para que la gloria habite en nuestra tierra. La misericordia y la verdad se encuentran. La justicia y la paz se han besado. La verdad brota de la tierra. La justicia ha mirado desde el cielo. Sí, el Señor dará lo que es bueno. Nuestra tierra producirá su fruto. La justicia va delante de él, y prepara el camino para sus pasos.

Evangelio

Matthew 23:1-12

Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos, diciendo: «Los escribas y los fariseos se sentaron en la cátedra de Moisés. Así que todo lo que os digan que observéis, observadlo y hacedlo, pero no hagáis conforme a sus obras; porque ellos dicen, y no hacen. Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos mismos no quieren mover ni un dedo para ayudarlos. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres. Ensanchan sus filacterias y agrandan los flecos de sus vestiduras, y aman el lugar de honor en los banquetes, los mejores asientos en las sinagogas, los saludos en las plazas, y que los hombres los llamen “Rabí, Rabí”. Pero vosotros no os hagáis llamar “Rabí”, porque uno solo es vuestro maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni os hagáis llamar guías, porque uno solo es vuestro guía, el Cristo. Pero el que sea el mayor entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltezca será humillado, y el que se humille será enaltecido.»

Lectio

Ezequiel ve entrar la gloria de Dios por la puerta del oriente, y toda la tierra resplandece. Es una visión de habitación: «este es el lugar de mi trono... donde habitaré para siempre». Dios no busca un monumento, sino una morada. Quiere quedarse, hacer de su pueblo el suelo donde su gloria descanse. Y el profeta, ante esa gloria, no se yergue ni pronuncia discurso alguno: cae sobre su rostro. Esa es la única postura posible ante lo verdaderamente santo.

El Evangelio nos muestra el reverso exacto. Los escribas y fariseos también quieren ser vistos, pero por los hombres: ensanchan sus filacterias, buscan los primeros asientos, aman que los llamen «Rabí». Han cambiado la gloria que llena la casa por la gloria que llena la plaza. Y Jesús desnuda el mecanismo con una precisión que duele: «dicen, y no hacen». La distancia entre la palabra y la vida es exactamente la distancia entre el que busca ser admirado y el que busca servir. Uno solo es el Maestro; nosotros, hermanos.

Quizá el hilo escondido esté aquí: la gloria de Dios quiere habitar en lo pequeño, en lo escondido, en el que se hace servidor y desaparece. El salmo lo canta con ternura: «la misericordia y la verdad se encuentran, la justicia y la paz se besan». Donde no hay que aparentar, ahí Dios se queda para siempre.

¿En qué gesto concreto de esta semana dijiste una cosa buena que no cumpliste, y quién notó esa distancia entre tu palabra y tu vida? ¿A quién de tu casa o tu trabajo podrías servir hoy sin que nadie lo vea ni te lo agradezca, y por qué te cuesta tanto que quede en secreto?

Santo del día

Beato Simeón Lukac

Ora lo lee en voz alta cada mañana, gratis. Ora