miércoles, 6 de mayo de 2026
Miércoles de la 5a semana de Pascua
John 15:1-8
Primera lectura
Acts 15:1-6
Algunos hombres que bajaron de Judea enseñaban a los hermanos: «Si no os circuncidáis conforme a la costumbre de Moisés, no podéis salvaros». Por tanto, como Pablo y Bernabé tuvieron con ellos no poca discordia y discusión, dispusieron que Pablo y Bernabé, y algunos otros de ellos, subieran a Jerusalén, a los apóstoles y a los ancianos, acerca de esta cuestión. Ellos, despedidos por la asamblea, atravesaron Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles, y causaron gran alegría a todos los hermanos. Cuando llegaron a Jerusalén, fueron recibidos por la asamblea, los apóstoles y los ancianos, y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos. Pero algunos de la secta de los fariseos que habían creído se levantaron, diciendo: «Es necesario circuncidarlos y mandarles que guarden la ley de Moisés». Los apóstoles y los ancianos se reunieron para examinar este asunto.
Salmo responsorial
Psalms 122:1-2,3-4,4-5
Me alegré cuando me dijeron: «¡Vamos a la casa del Señor!» Nuestros pies se mantienen firmes dentro de tus puertas, Jerusalén; Jerusalén, edificada como una ciudad bien compacta; allá suben las tribus, las tribus del Señor, conforme a un precepto para Israel, para dar gracias al nombre del Señor. Allá suben las tribus, las tribus del Señor, conforme a un precepto para Israel, para dar gracias al nombre del Señor. Porque allí están establecidos los tronos para el juicio, los tronos de la casa de David.
Evangelio
John 15:1-8
«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, él lo quita; y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros sois los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, ese da mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer. Si alguno no permanece en mí, es echado fuera como el sarmiento, y se seca; y los recogen, los arrojan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que queráis, y se os hará. En esto es glorificado mi Padre: en que deis mucho fruto; y así seréis mis discípulos.
Lectio
En la primera comunidad cristiana surge una tensión que aún reconocemos: ¿qué hace falta verdaderamente para pertenecer a Dios? Algunos insistían en la circuncisión, en el peso de la ley, en las costumbres que daban seguridad. Pero detrás de aquella disputa late una pregunta más honda sobre dónde ponemos nuestra confianza para ser salvados: ¿en nuestros propios cumplimientos o en la gracia que viene de otra parte? Los apóstoles no resuelven el asunto a solas, sino que suben juntos a Jerusalén, se reúnen, examinan, dejan que el Espíritu trabaje en la paciencia del discernimiento compartido.
El Evangelio nos da la clave que la primera lectura busca a tientas: el fruto no nace del esfuerzo aislado del sarmiento, sino de permanecer unidos a la vid. «Sin mí nada podéis hacer.» Cuánta de nuestra ansiedad religiosa —querer asegurar la salvación con reglas, méritos, observancias— se disuelve ante esta verdad sencilla y desarmante. No se nos pide producir desde nosotros mismos, sino permanecer, dejarnos podar, recibir la savia. Incluso la poda, que duele, es señal de que el Labrador nos cuida, no de que nos abandona.
Y el salmo nos recuerda hacia dónde caminamos en medio de estas tensiones: «Me alegré cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor.» La pertenencia verdadera no se mide por las cargas que acumulamos, sino por la alegría de subir juntos, como tribus, hacia el lugar donde habita la gracia.
¿Qué «circuncisiones» te estás exigiendo a ti mismo o exigiendo a otros —qué condiciones, reglas o méritos— como si de ellos dependiera tu valor ante Dios, en lugar de confiar en que ya estás limpio por su palabra? ¿En qué área concreta de tu vida estás intentando dar fruto «por ti mismo», agotándote sin permanecer en la vid, y qué cambiaría hoy si dejaras que Él, aunque duela, te podara?
Santo del día
Beato Jacinto Vera
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