lunes, 18 de mayo de 2026
Lunes de la 7a semana de Pascua
John 16:29-33
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Primera lectura
Acts 19:1-8
Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo, habiendo recorrido las regiones altas, llegó a Éfeso y encontró a algunos discípulos. Les dijo: «¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?». Ellos le respondieron: «No, ni siquiera hemos oído que exista el Espíritu Santo». Él les dijo: «¿Con qué bautismo, entonces, fuisteis bautizados?». Ellos respondieron: «Con el bautismo de Juan». Pablo dijo: «Juan, en verdad, bautizó con el bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyeran en aquel que había de venir después de él, esto es, en Jesús». Al oír esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y cuando Pablo les impuso las manos, el Espíritu Santo vino sobre ellos, y hablaban en otras lenguas y profetizaban. Eran en total unos doce hombres. Pablo entró en la sinagoga y habló con valentía durante un período de tres meses, razonando y persuadiendo acerca de las cosas concernientes al Reino de Dios.
Salmo responsorial
Psalms 68:1-2,3-4,5-6
Como se disipa el humo, así dispérsalos. Como se derrite la cera ante el fuego, así perezcan los impíos ante la presencia de Dios. Pero que se alegren los justos. Que se regocijen ante Dios. Sí, que se regocijen con gozo.
¡Cantad a Dios! ¡Cantad alabanzas a su nombre! Exaltad al que cabalga sobre las nubes: a Yah, su nombre. ¡Regocijaos ante él! Padre de los huérfanos y defensor de las viudas es Dios en su santa morada.
Dios da un hogar a los solitarios. Saca a los cautivos con cánticos, pero los rebeldes habitan en una tierra abrasada por el sol. Oh Dios, cuando saliste delante de tu pueblo, cuando marchaste por el desierto... Selah.
Evangelio
John 16:29-33
Sus discípulos le dijeron: «Mira, ahora hablas claramente y no usas ninguna figura de lenguaje. Ahora sabemos que tú conoces todas las cosas y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has venido de Dios». Jesús les respondió: «¿Ahora creéis? Mirad, viene la hora, y ya ha llegado, en que seréis dispersados, cada uno a su propio lugar, y me dejaréis solo. Sin embargo, no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que en mí tengáis paz. En el mundo tenéis aflicción; pero ¡ánimo! Yo he vencido al mundo».
Lectio
Hay algo conmovedor en esos discípulos de Éfeso que ni siquiera habían oído hablar del Espíritu Santo. Vivían una fe sincera, el bautismo de Juan, el arrepentimiento, la espera. Pero algo les faltaba: la plenitud, el fuego, esa Presencia que transforma la observancia en vida desbordante. Pablo no los reprende por lo poco que sabían; simplemente abre la puerta a lo que aún no habían recibido. A veces nuestra fe se parece a la de ellos: real, pero contenida, como si no nos atreviéramos a esperar que Dios quiera darnos más de lo que imaginamos.
El Evangelio, en cambio, nos sitúa en el umbral de la dispersión. Jesús sabe que sus discípulos lo abandonarán, que cada uno huirá «a su propio lugar», y aun así les habla de paz. No la paz que niega la aflicción, sino la que coexiste con ella: «En el mundo tenéis aflicción; pero ¡ánimo! Yo he vencido al mundo». Es la misma promesa que el Salmo canta cuando llama a Dios «padre de los huérfanos» y dice que «da un hogar a los solitarios». Quienes se sienten solos, dispersos, abandonados a su propio rincón, descubren que no estaban tan solos como creían: el Padre permanece, como permaneció con Jesús en su hora más oscura.
Tal vez ese sea el hilo que une estos textos en la víspera de Pentecostés. El Espíritu no viene a quitarnos las tribulaciones del mundo, sino a sostenernos en medio de ellas, a darnos un hogar donde nos sentíamos huérfanos, a encender una fe que se había vuelto tibia o temerosa. La pregunta de Pablo sigue viva: ¿recibimos el Espíritu, o aún esperamos algo que ya se nos ofrece?
¿Hay alguna parte de tu fe que se ha quedado, como la de aquellos discípulos, en el «bautismo de Juan» —sincera pero contenida—, donde no te has atrevido a pedirle al Espíritu el fuego que de verdad necesitas hoy?
Cuando piensas en ese «propio lugar» al que sueles huir cuando la vida se pone difícil —el aislamiento, el trabajo, una distracción concreta—, ¿puedes nombrar esa aflicción presente y dejar que Cristo te diga ahí mismo «no estás solo, el Padre está contigo»?
Santo del día
San Félix de Cantalicio
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