miércoles, 20 de mayo de 2026

Miércoles de la 7a semana de Pascua

John 17:11-19

Escuchar la lectura completa — MP3

Primera lectura

Acts 20:28-38

Tengan cuidado, pues, de ustedes mismos y de todo el rebaño en el cual el Espíritu Santo los ha puesto como guardianes, para pastorear la asamblea del Señor y Dios, la cual él adquirió con su propia sangre. Porque yo sé que después de mi partida entrarán entre ustedes lobos feroces, que no perdonarán al rebaño. Y de entre ustedes mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos tras de sí. Por tanto, velen, recordando que durante tres años, de noche y de día, no cesé de amonestar con lágrimas a cada uno. Y ahora, hermanos, los encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, la cual tiene poder para edificarlos y darles la herencia entre todos los santificados. No codicié la plata, ni el oro, ni la vestidura de nadie. Ustedes mismos saben que estas manos sirvieron a mis necesidades y a las de los que estaban conmigo. En todo les di ejemplo de que, trabajando así, deben ayudar a los débiles, y recordar las palabras del Señor Jesús, quien él mismo dijo: "Más bienaventurado es dar que recibir."

Cuando hubo dicho estas cosas, se arrodilló y oró con todos ellos. Y todos lloraron mucho, y se echaron al cuello de Pablo y lo besaban, afligidos sobre todo por la palabra que había dicho, de que ya no verían más su rostro. Y lo acompañaron hasta la nave.

Evangelio

John 17:11-19

Ya no estoy en el mundo, pero estos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, guárdalos en tu nombre, el que me has dado, para que sean uno, así como nosotros lo somos. Mientras estuve con ellos en el mundo, los guardé en tu nombre. A los que me diste los he guardado, y ninguno de ellos se ha perdido, sino el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo, para que tengan en sí mismos mi gozo cumplido. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, así como yo no soy del mundo. No te ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, así como yo no soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así también yo los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.

Lectio

Hay algo profundamente conmovedor en las despedidas que hoy contemplamos. Pablo se arrodilla entre los ancianos de Éfeso sabiendo que no volverá a verlos, y el llanto que sigue no es debilidad sino amor desnudo: tres años de noches y días, de lágrimas y trabajo de sus propias manos, condensados en un abrazo que no quiere soltar. Jesús, en la última cena, pronuncia una despedida semejante, pero la dirige al Padre. No pide ser quitado del mundo, ni que los suyos lo sean; pide ser guardado en él. Ambos pastores parten, y ambos confían su rebaño no a estrategias ni a fortalezas, sino al nombre y a la palabra de Dios.

Lo que une estas lecturas es la entrega de algo que no nos pertenece. Pablo no codició plata ni oro; encomendó a sus hermanos «a Dios y a la palabra de su gracia». Jesús no se aferra a los discípulos como posesión, sino que los devuelve a las manos del Padre para que sean uno. Hay una libertad enorme en quien sabe que lo amado no es suyo para retener, sino para custodiar y luego soltar. Tal vez la santidad madura se reconozca precisamente en esto: en la capacidad de amar intensamente y, al mismo tiempo, de confiar lo amado a Otro.

Y queda esa frase que Pablo recuerda como un tesoro del Señor: «más bienaventurado es dar que recibir». No es una consigna moral, sino la descripción de un corazón que ha encontrado su gozo no en lo que acumula, sino en lo que entrega.

¿A quién, en tu vida, estás amando con las manos demasiado cerradas, incapaz de confiarlo a Dios como Pablo confió a sus hermanos y Jesús a los suyos?

Jesús no pidió que fueras quitado del mundo, sino guardado del maligno dentro de él: ¿en qué situación concreta de tu vida hoy estás tratando de huir, cuando en realidad estás llamado a permanecer y ser santificado allí mismo?

Santo del día

Beato Anton Durcovici

Ora lo lee en voz alta cada mañana, gratis. Ora