domingo, 24 de mayo de 2026

Pentecostés

John 20:19-23

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Primera lectura

Acts 2:1-11

Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar, con un mismo espíritu. De repente vino del cielo un estruendo, como el de un viento impetuoso, y llenó toda la casa donde estaban sentados. Y se les aparecieron lenguas como de fuego, que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.

Habitaban entonces en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al oírse este estruendo, se reunió la multitud y quedó desconcertada, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Atónitos y maravillados, decían unos a otros: “Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oímos en nuestra propia lengua materna? Partos, medos, elamitas, y los habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto y las regiones de Libia que limitan con Cirene; forasteros venidos de Roma, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes: ¡los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios!”

Salmo responsorial

Psalms 104:1,24,29-30,31,34

Bendice, alma mía, al Señor. Señor, Dios mío, qué grande eres. Estás revestido de honor y majestad. ¡Cuántas son tus obras, Señor! Todas las hiciste con sabiduría. La tierra está llena de tus riquezas. Escondes tu rostro: se turban; les quitas el aliento: mueren y vuelven al polvo. Envías tu Espíritu y son creados. Y renuevas la faz de la tierra. Permanezca para siempre la gloria del Señor. Alégrese el Señor en sus obras. Séale agradable mi meditación. Yo me alegraré en el Señor.

Evangelio

John 20:19-23

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde los discípulos se hallaban reunidos, por miedo a los judíos, vino Jesús y se puso en medio de ellos, y les dijo: «La paz sea con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Entonces Jesús les dijo de nuevo: «La paz sea con vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también yo os envío». Y al decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Lectio

Hay algo profundamente revelador en el contraste entre las dos escenas que hoy contemplamos. En el Evangelio, los discípulos están encerrados, con las puertas trancadas por miedo. En los Hechos, esos mismos hombres temerosos hablan ante una multitud venida de todas las naciones, y cada uno los entiende en su propia lengua. Entre el miedo y la audacia, entre las puertas cerradas y las lenguas de fuego, está el soplo de Jesús: «Recibid el Espíritu Santo». El Espíritu no llega para confirmarnos en nuestra seguridad, sino para sacarnos del cuarto donde nos escondemos.

Conviene notar que lo primero que el Espíritu trae no es el poder espectacular, sino la paz y el perdón. Jesús muestra sus heridas antes de enviar; sopla sobre ellos y, en el mismo aliento, les confía el ministerio de perdonar. Pentecostés no es solo el don de hablar lenguas extrañas, sino el don de hacernos comprensibles a otros, de tender puentes donde antes había muros. El salmo lo dice con sencillez asombrosa: «Envías tu Espíritu y son creados, y renuevas la faz de la tierra». El mismo aliento que dio vida al barro vuelve a posarse sobre nosotros para rehacernos.

Quizás el milagro mayor de Pentecostés no es que ellos hablaran en otras lenguas, sino que se atrevieran a abrir la puerta. El Espíritu sigue soplando sobre nuestros miedos, esperando que nos levantemos del lugar donde nos hemos encerrado.

¿Cuál es la puerta que hoy tienes cerrada por miedo —una conversación que evitas, una persona a la que no te acercas, una vocación que no quieres mirar— y qué pasaría si dejaras que el aliento de Cristo te empujara a abrirla?

Jesús unió el Espíritu al perdón: ¿a quién estás reteniendo hoy en tu corazón, negándole el perdón que tú mismo has recibido, y qué te impide soltarlo?

Santo del día

María Auxiliadora

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