miércoles, 29 de julio de 2026

Santos Marta, María y Lázaro

John 11:19-27

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Primera lectura

1 John 4:7-16

Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios; y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. En esto se reveló el amor de Dios en nosotros: en que Dios envió a su Hijo único al mundo para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo como sacrificio de expiación por nuestros pecados. Amados, si Dios nos amó así, también nosotros debemos amarnos unos a otros. Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor ha sido perfeccionado en nosotros. En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre ha enviado al Hijo como Salvador del mundo. Todo el que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.

Salmo responsorial

Psalms 34:2-3,4-5,6-7,8-9,10-11

Mi alma se gloriará en el Señor. Los humildes lo oirán y se alegrarán. Engrandeced conmigo al Señor. Exaltemos juntos su nombre. Busqué al Señor, y él me respondió, y me libró de todos mis temores. Los que lo miran quedan radiantes. Sus rostros jamás se cubrirán de vergüenza. Este pobre clamó, y el Señor lo escuchó, y lo salvó de todas sus angustias. El ángel del Señor acampa en torno a los que le temen, y los libra. Gustad y ved que el Señor es bueno. Dichoso el hombre que en él se refugia. Temed al Señor, vosotros sus santos, porque nada falta a los que le temen. Los leoncillos padecen necesidad y hambre, pero a los que buscan al Señor no les faltará ningún bien. Venid, hijos, escuchadme. Os enseñaré el temor del Señor.

Evangelio

John 11:19-27

Muchos de los judíos se habían unido a las mujeres en torno a Marta y María, para consolarlas por su hermano. Entonces, cuando Marta oyó que Jesús venía, salió a su encuentro, pero María se quedó en la casa. Marta, pues, dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero aun ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta le dijo: «Sé que resucitará en la resurrección, en el último día». Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?». Ella le dijo: «Sí, Señor. Yo he llegado a creer que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que ha de venir al mundo».

Lectio

Hay algo profundamente conmovedor en el orden que san Juan nos recuerda hoy: no fuimos nosotros quienes amamos primero a Dios, sino que él nos amó antes y envió a su Hijo. Todo nuestro amor es, en realidad, una respuesta. Llegamos siempre tarde al amor, porque Dios ya estaba ahí amándonos antes de que pudiéramos siquiera buscarlo. Y esa es precisamente la libertad del que ama: no tenemos que generar el amor desde la nada, solo dejar que fluya el que ya hemos recibido. «El que permanece en el amor permanece en Dios.» Permanecer —esa palabra tranquila— es la invitación de hoy.

Marta sale al encuentro de Jesús con el corazón roto y una queja honesta en los labios: «Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.» No esconde su dolor ni lo maquilla con piedad. Y sin embargo, en medio de su pérdida, se atreve a confiar: «aun ahora sé». Hay una fe que no espera a entenderlo todo, una fe que cree antes de ver la resurrección. Cuando Jesús le pregunta «¿Crees esto?», no le pide certezas teológicas; le pide que se apoye en una Persona. Marta responde no con una explicación, sino con un nombre: «Tú eres el Cristo.»

El salmo nos enseña el secreto que une ambas lecturas: «Busqué al Señor, y él me respondió, y me libró de todos mis temores.» El amor que recibimos primero es el mismo que nos libra del miedo a la muerte, del miedo a no ser suficientes, del miedo a quedar avergonzados. Quien gusta y ve que el Señor es bueno aprende a permanecer, incluso de pie ante una tumba.

¿Dónde, en tu vida de hoy, estás esperando ser tú quien ame primero —a una persona difícil, a alguien que te hirió— cuando quizá lo que necesitas es recordar que ya fuiste amado primero, y dejar que ese amor fluya a través de ti?

¿Qué pérdida o herida te lleva a decir, como Marta, «si hubieras estado aquí», y qué te impide hoy dar el paso siguiente que ella dio: confiar en Cristo «aun ahora», antes de ver cómo se resuelve todo?

Santo del día

Santa Marta de Betania

Ora lo lee en voz alta cada mañana, gratis. Ora