viernes, 7 de agosto de 2026
Viernes de la 18a semana del Tiempo Ordinario
Matthew 16:24-28
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Primera lectura
Nahum 2:1,3,3:1-3,6-7
El que destruye ha subido contra ti. ¡Guarda la fortaleza! ¡Vigila el camino! ¡Cíñete los lomos! ¡Refuerza tu poder con todas tus fuerzas! El escudo de sus valientes está enrojecido, los hombres esforzados van vestidos de escarlata. Los carros destellan con acero en el día de su preparación, y se blanden las lanzas de pino. ¡Ay de la ciudad sanguinaria! Toda ella está llena de mentira y de rapiña; la presa no se aparta. Estruendo de látigo, estruendo de ruedas que rechinan, caballos que se encabritan, y carros que saltan; el jinete que cabalga, la espada que relumbra, la lanza que resplandece, y una multitud de heridos de muerte, y un gran montón de cadáveres, y no hay fin de los cuerpos. Tropiezan sobre sus cadáveres. Arrojaré sobre ti inmundicia abominable, te haré despreciable, y te expondré como espectáculo. Y sucederá que todos los que te vean huirán de ti, y dirán: “¡Nínive ha quedado devastada! ¿Quién la llorará?” ¿Dónde buscaré consoladores para ti?
Salmo responsorial
Deuteronomy 32:35-36,39,41
Su vino es veneno de serpientes, ponzoña cruel de áspides. «¿No está esto guardado conmigo, sellado entre mis tesoros?» Él dirá: «¿Dónde están sus dioses, la roca en la que se refugiaron?» «Ved ahora que yo, yo mismo, soy él, y no hay más dios junto a mí. Yo doy la muerte y doy la vida, yo hiero y yo sano, y no hay quien pueda librar de mi mano.
Evangelio
Matthew 16:24-28
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mi causa, la hallará. Pues ¿de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿O qué dará un hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno conforme a sus obras. En verdad os digo que hay algunos de los que están aquí que de ningún modo gustarán la muerte, hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su Reino».
Lectio
Nínive, la gran ciudad sanguinaria, cae. El profeta Nahúm no ahorra imágenes: carros que destellan, montones de cadáveres, un poderío militar que parecía invencible y que ahora yace expuesto como espectáculo. «¿Quién la llorará?», pregunta el texto, y la respuesta silenciosa es demoledora: nadie. Todo lo que Nínive acumuló —su fuerza, su rapiña, su gloria construida sobre la mentira— no le sirvió para ganarse un solo consuelo en la hora de su ruina. Ciñó sus lomos y reforzó su poder con todas sus fuerzas, y aun así se derrumbó.
Contra ese telón de fondo resuena la pregunta de Jesús como una lámpara en la oscuridad: «¿De qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?». Nínive es exactamente eso: la ciudad que lo ganó todo y perdió lo único que importaba. El Señor no nos pide que dejemos de vivir, sino que dejemos de aferrarnos a la vida como quien se aferra a una fortaleza que, tarde o temprano, cae. «El que quiera salvar su vida, la perderá.» Hay una manera de proteger, controlar y asegurar nuestra existencia que en realidad la va vaciando por dentro.
Y en medio de ambas lecturas está esa voz del cántico que lo pone todo en su sitio: «Yo doy la muerte y doy la vida, yo hiero y yo sano». No hay fortaleza que nos libre de su mano, y esa es precisamente la buena noticia. Porque la mano de la que ninguna Nínive puede escapar es también la mano que sana, la mano en la que perder la vida es, al fin, encontrarla.
¿Qué es eso que hoy estás protegiendo con todas tus fuerzas —una imagen, una seguridad, un control sobre alguien— como Nínive ceñía sus lomos, y que en el fondo sabes que te está vaciando por dentro?
¿En qué decisión concreta de esta semana el miedo a "perder tu vida" te está impidiendo dar el paso que sabes que Jesús te pide?
Santo del día
San Cayetano de Thiene
Ora lo lee en voz alta cada mañana, gratis. Ora