jueves, 20 de agosto de 2026

Jueves de la 20a semana del Tiempo Ordinario

Matthew 22:1-14

Escuchar la lectura completa — MP3

Primera lectura

Ezekiel 36:23-28

Santificaré mi gran nombre, que ha sido profanado entre las naciones, el cual vosotros habéis profanado en medio de ellas. Entonces las naciones sabrán que yo soy el Señor —dice el Señor Dios—, cuando sea santificado en vosotros ante sus ojos. «“Porque os tomaré de entre las naciones y os reuniré de todos los países, y os traeré a vuestra propia tierra. Rociaré sobre vosotros agua pura, y quedaréis limpios; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os purificaré. Os daré también un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Pondré mi Espíritu dentro de vosotros, y haré que andéis en mis estatutos. Guardaréis mis ordenanzas y las pondréis por obra. Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios.

Salmo responsorial

Psalms 51:10-11,12-13,16-17

Crea en mí un corazón puro, oh Dios. Renueva en mi interior un espíritu recto. No me arrojes de tu presencia, y no quites de mí tu santo Espíritu. Devuélveme el gozo de tu salvación. Sostenme con un espíritu generoso. Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos. Los pecadores se convertirán a ti. Porque no te complaces en el sacrificio, de lo contrario lo ofrecería. No te agrada el holocausto. Los sacrificios de Dios son un espíritu quebrantado. Un corazón quebrantado y contrito, oh Dios, no lo despreciarás.

Evangelio

Matthew 22:1-14

Y Jesús, tomando de nuevo la palabra, les habló otra vez en parábolas, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró un banquete de bodas para su hijo, y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas, pero ellos no quisieron venir. De nuevo envió a otros siervos, diciendo: “Decid a los invitados: ‘He aquí que he preparado mi banquete. Mis toros y mis animales cebados han sido sacrificados, y todo está dispuesto. ¡Venid a las bodas!’”. Pero ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su campo, otro a su negocio, y los demás apresaron a sus siervos, los ultrajaron y los mataron. Cuando el rey oyó esto, se indignó, y envió sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas y quemó su ciudad.

»Entonces dijo a sus siervos: “La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos, y a cuantos halléis, invitadlos a las bodas”. Y aquellos siervos salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, tanto malos como buenos, y la sala de bodas se llenó de convidados. Pero cuando el rey entró para ver a los convidados, vio allí a un hombre que no tenía puesto el traje de boda, y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?”. Y él enmudeció. Entonces el rey dijo a los siervos: “Atadlo de pies y manos, lleváoslo y arrojadlo a las tinieblas de afuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos».

Lectio

Hay un mismo gesto de Dios que atraviesa las tres lecturas de hoy, y conviene no perderlo de vista: Dios da primero. Antes de pedirnos algo, Ezequiel lo muestra rociando agua limpia, arrancando el corazón de piedra, poniendo dentro de nosotros un corazón de carne y su propio Espíritu. No es un premio a nuestra bondad; es una cirugía gratuita del que nos ama. Y el salmista, que ha entendido esto en carne propia, ya no ofrece holocaustos ni trata de comprar el favor divino: solo entrega lo único que Dios de verdad no desprecia, un corazón quebrantado. Toda la iniciativa es del rey que prepara el banquete.

Por eso desconcierta tanto el hombre sin traje de boda. Ha sido recogido de los cruces de los caminos, malo o bueno, como todos; no llegó por mérito propio. El traje, como el corazón nuevo de Ezequiel, es un don que se recibe, no una etiqueta que se compra. Su falta no es de dignidad previa —nadie en esa sala era digno— sino de haber querido entrar al banquete sin dejarse cambiar por él. Se sentó a la mesa del Rey pero se negó a vestirse de fiesta, a permitir que el encuentro lo transformara. Cuando el Rey lo interpela, enmudece: no tiene explicación, porque en el fondo simplemente no quiso.

Ahí está la pregunta silenciosa de hoy. Dios no nos pide primero que seamos limpios; nos pide que nos dejemos limpiar. Que no crucemos las puertas de su casa con el corazón de piedra intacto, fingiendo que basta con estar presentes.

¿Dónde estás sentado a la mesa de Dios —en una relación, en la misa, en una amistad— pero negándote a dejar que ese vínculo te cambie por dentro?

¿Qué pedazo concreto de tu corazón de piedra sabes hoy que no le has entregado todavía, y qué te da miedo perder si lo sueltas?

Santo del día

San Bernardo de Claraval

Ora lo lee en voz alta cada mañana, gratis. Ora