jueves, 14 de mayo de 2026
San Matías, apóstol
Matthew 28:16-20
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Primera lectura
Acts 1:1-11
En aquellos días, Pedro se puso de pie en medio de los discípulos (y el número de los reunidos era de unos ciento veinte) y dijo: «Hermanos, era necesario que se cumpliera esta Escritura, que el Espíritu Santo anunció de antemano por boca de David acerca de Judas, el que sirvió de guía a los que prendieron a Jesús. Pues estaba contado entre nosotros y había recibido su parte en este ministerio. Porque está escrito en el libro de los Salmos: "Quede desolada su morada, y no haya quien habite en ella"; y también: "Que otro reciba su cargo".
»Es necesario, por tanto, que, de entre los hombres que nos acompañaron todo el tiempo en que el Señor Jesús vivió entre nosotros, desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue llevado de en medio de nosotros, uno de ellos sea constituido testigo con nosotros de su resurrección».
Y propusieron a dos: a José, llamado Barsabás, por sobrenombre Justo, y a Matías. Entonces oraron, diciendo: «Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muéstranos a cuál de estos dos has elegido para que ocupe el lugar en este ministerio y apostolado, del cual cayó Judas para irse a su propio lugar».
Echaron suertes sobre ellos, y la suerte cayó sobre Matías, y fue contado junto con los once apóstoles.
Salmo responsorial
Psalms 47:1-2,5-6,7-8
¡Alabad al Señor! Alabad, siervos del Señor, alabad el nombre del Señor. Bendito sea el nombre del Señor, desde ahora y para siempre. Desde la salida del sol hasta su ocaso, sea alabado el nombre del Señor. El Señor se levanta sobre todas las naciones, su gloria por encima de los cielos. ¿Quién como el Señor, nuestro Dios, que tiene su trono en lo alto, y se inclina para mirar el cielo y la tierra? Él levanta del polvo al desvalido, alza al necesitado del estercolero, para sentarlo con los príncipes, con los príncipes de su pueblo.
Evangelio
Matthew 28:16-20
Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he hablado estas cosas para que mi gozo permanezca en vosotros, y vuestro gozo sea completo. «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que este: que uno dé su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor. Pero os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer. No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os destiné para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, él os lo conceda. «Esto os mando: que os améis los unos a los otros.
Lectio
Hoy la Iglesia contempla a Matías, ese hombre que no caminó tres años junto al Señor como los Doce ni fue protagonista de ninguna escena conocida, y que sin embargo es elegido para ocupar un lugar dejado vacío por la traición. La comunidad ora, discierne y echa suertes, pero el verdadero motor de la elección lo nombra el Evangelio con una claridad desarmante: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros». Antes de que Matías levantara la mano, antes de que su nombre fuera propuesto, ya había sido conocido por Aquel que «conoce los corazones de todos». La vocación no nace de nuestro mérito ni de nuestra antigüedad, sino de una mirada que nos precede.
El salmo nos recuerda que ese Dios que tiene su trono en lo alto «se inclina» para mirar, y que «levanta del polvo al desvalido» para sentarlo con los príncipes. Hay algo profundamente consolador en esto: el lugar vacío que dejó la traición de Judas no quedó como una herida abierta, sino que fue habitado por la fidelidad silenciosa de un discípulo escondido. Dios no desperdicia los espacios que el dolor abre en nuestra vida; los llena, a su tiempo, con frutos que han de permanecer.
Y el llamado de Matías es, en el fondo, el llamado de todos: ser testigos. No de ideas, sino de la resurrección; no desde la distancia del siervo que ignora los planes de su señor, sino desde la intimidad del amigo a quien todo le ha sido dado a conocer. Permanecer en ese amor, dar fruto que dure, amarnos como hemos sido amados: ahí se cumple la elección que nadie pidió y que lo cambia todo.
¿En qué lugar de tu vida has estado esperando ser «de los Doce» —reconocido, central, visible— mientras Dios quizá te ha estado eligiendo en silencio, como a Matías, para un servicio que nadie aplaude pero que él conoce? ¿Qué herida o ausencia reciente —una traición, una pérdida, un vacío que parecía solo desolación— podrías empezar hoy a ofrecerle a Dios para que él, que se inclina a mirar el polvo, la convierta en un lugar habitado y fecundo?
Santo del día
Santa Gemma Galgani
Ora lo lee en voz alta cada mañana, gratis. Ora