domingo, 14 de junio de 2026
11o domingo del Tiempo Ordinario
Matthew 9:36-38,10:1-8
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Primera lectura
Exodus 19:2-6
Cuando partieron de Refidim y llegaron al desierto de Sinaí, acamparon en el desierto; y allí acampó Israel frente al monte. Moisés subió hacia Dios, y el Señor lo llamó desde el monte, diciendo: «Esto es lo que dirás a la casa de Jacob, y anunciarás a los hijos de Israel: “Ustedes han visto lo que hice a los egipcios, y cómo los llevé sobre alas de águila y los traje hacia mí. Ahora bien, si de verdad obedecen mi voz y guardan mi alianza, serán mi posesión particular entre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra; y serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa.” Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel».
Salmo responsorial
Psalms 100:1,1,3
Servid al Señor con alegría. Venid ante su presencia con cánticos. Reconoced que el Señor es Dios. Él nos hizo, y suyos somos. Somos su pueblo y las ovejas de su rebaño. Porque el Señor es bueno. Su misericordia permanece para siempre, y su fidelidad por todas las generaciones.
Segunda lectura
Romans 5:6-11
Porque cuando aún éramos débiles, a su debido tiempo Cristo murió por los impíos. Pues difícilmente morirá alguien por un justo; aunque tal vez por una persona buena alguno se atrevería a morir. Pero Dios muestra su amor para con nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Mucho más ahora, habiendo sido justificados por su sangre, seremos salvados de la ira de Dios por medio de él. Porque si, siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida. Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien ahora hemos recibido la reconciliación.
Evangelio
Matthew 9:36-38,10:1-8
Pero al ver a las multitudes, se conmovió de compasión por ellas, porque estaban afligidas y dispersas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: «La mies en verdad es abundante, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies». Mientras estaba sentado en la casa, he aquí que muchos recaudadores de impuestos y pecadores vinieron y se sentaron con Jesús y sus discípulos. Subió a una barca, cruzó al otro lado y llegó a su propia ciudad. Y he aquí que le trajeron a un hombre paralítico, tendido en una camilla. Jesús, viendo la fe de ellos, dijo al paralítico: «¡Ánimo, hijo! Tus pecados te son perdonados». Y he aquí que algunos de los escribas se decían a sí mismos: «Este hombre blasfema». Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo: «¿Por qué pensáis el mal en vuestros corazones? Pues ¿qué es más fácil, decir: "Tus pecados te son perdonados", o decir: "Levántate y anda"? Pero para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados—» (entonces dijo al paralítico): «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». Y él se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, las multitudes se maravillaron y glorificaron a Dios, que había dado tal autoridad a los hombres.
Lectio
Hay un hilo tierno que atraviesa estas lecturas, y es la iniciativa del amor de Dios que siempre llega primero. En el Sinaí, antes de pedir nada a Israel, Dios recuerda lo que ya ha hecho: «los llevé sobre alas de águila y los traje hacia mí». La alianza no nace de nuestro mérito, sino de un rescate que ya ocurrió. Pablo lo dice con una crudeza consoladora: Cristo murió por nosotros «cuando aún éramos débiles», «siendo aún pecadores», incluso «siendo enemigos». No esperó a que nos volviéramos amables. Nos amó en nuestra debilidad, no a pesar de ella, sino precisamente allí.
Y en el Evangelio vemos ese amor con rostro. Jesús mira a las multitudes «afligidas y dispersas, como ovejas sin pastor», y se conmueve hasta las entrañas. No las juzga por estar perdidas; le duelen. Cuando le traen al paralítico, lo primero que le dice no es «levántate», sino «¡Ánimo, hijo! Tus pecados te son perdonados». Antes de curar el cuerpo, toca la herida más honda, la que ni siquiera habíamos pedido que tocara. Dios ve en nosotros lo que nosotros no vemos, y sana desde dentro hacia afuera.
Quizá lo más difícil de creer no es que Dios pueda perdonarnos, sino que quiera hacerlo antes de que estemos listos, cuando todavía estamos tendidos en la camilla, sin poder movernos por nuestra cuenta. La fe que Jesús alaba no es la del paralítico: es la de quienes lo cargaron hasta Él. A veces somos llevados a la salvación en brazos de otros.
¿Quiénes son las personas que hoy te han cargado hasta Jesús cuando no podías caminar por ti mismo, y les has agradecido esa fe que tuvieron por ti?
¿Cuál es esa herida interior tuya, esa que ni siquiera te atreves a pedir que sea sanada, sobre la que Jesús quisiera decirte hoy «Ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados»?
Santo del día
Beata Francisca de Paula de Jesús
Ora lo lee en voz alta cada mañana, gratis. Ora