sábado, 13 de junio de 2026
Inmaculado Corazón de María
Luke 2:41-51
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Primera lectura
Isaiah 61:9-11
Su descendencia será conocida entre las naciones, y sus vástagos en medio de los pueblos. Todos los que los vean los reconocerán, pues son la descendencia que el Señor ha bendecido.”
¡Me regocijaré grandemente en el Señor! Mi alma se alegrará en mi Dios; porque me ha revestido con las vestiduras de la salvación. Me ha cubierto con el manto de la justicia, como el novio que se adorna con una corona, y como la novia que se engalana con sus joyas. Pues así como la tierra produce su brote, y como el huerto hace germinar lo que en él se siembra; así el Señor Dios hará brotar la justicia y la alabanza ante todas las naciones.
Salmo responsorial
1 Samuel 2:1,4-5,6-7,8
Ana oró y dijo: «¡Mi corazón se regocija en el Señor! En el Señor se exalta mi poder. Mi boca se ensancha contra mis enemigos, porque me alegro en tu salvación.
»Quebrados son los arcos de los poderosos, y los que tropezaban se ciñen de fortaleza. Los que estaban saciados se contratan por pan, y los que tenían hambre quedan satisfechos. Hasta la estéril ha dado a luz siete, y la que tenía muchos hijos languidece.
»El Señor da la muerte y da la vida; hace descender al sepulcro y hace subir. El Señor empobrece y enriquece; abate y también enaltece. Levanta del polvo al pobre, y alza del estiércol al necesitado, para hacerlos sentar con los príncipes y heredar un trono de gloria. Porque del Señor son las columnas de la tierra, y sobre ellas asentó el mundo.»
Evangelio
Luke 2:41-51
Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Cuando él tenía doce años, subieron a Jerusalén según la costumbre de la fiesta, y al cumplirse los días, mientras regresaban, el niño Jesús se quedó en Jerusalén. José y su madre no lo sabían, sino que, creyéndolo entre los compañeros de viaje, anduvieron una jornada, y lo buscaban entre los parientes y conocidos. Al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén buscándolo. Después de tres días lo hallaron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían se maravillaban de su entendimiento y de sus respuestas. Cuando lo vieron, quedaron asombrados, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.» Él les respondió: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debo estar en la casa de mi Padre?» Pero ellos no comprendieron las palabras que les dijo. Y descendió con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto. Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón.
Lectio
Hay un hilo silencioso que atraviesa estas lecturas: el del corazón que se alegra en Dios incluso antes de comprenderlo todo. Isaías canta vestido con las vestiduras de la salvación; Ana, que conoció la angustia de la esterilidad, prorrumpe en un cántico donde Dios derriba y levanta, vacía y colma. Y María, en el Evangelio, busca a su Hijo durante tres días de angustia, lo encuentra, y guarda sus palabras en el corazón aunque no las entiende. Tres voces que nos enseñan que la alegría en el Señor no nace de tenerlo todo claro, sino de confiar en que la mano que siembra en la tierra oscura también hará brotar la justicia.
El Inmaculado Corazón de María que hoy contemplamos no es un corazón blindado contra el dolor ni inmune a la incomprensión. Es un corazón que sufrió la pérdida, que oyó una respuesta que no entendió, y que sin embargo no se cerró ni se endureció. María nos muestra cómo se guarda algo que todavía no se comprende: no exigiendo explicaciones inmediatas, sino dándole espacio dentro, dejándolo madurar como la semilla en el huerto del que habla Isaías. Hay verdades de nuestra vida que solo podemos «guardar» antes de poder «entender».
Quizá ahí esté la lección más honda de este día: que el corazón puede regocijarse y buscar angustiado al mismo tiempo, que la fe no elimina la búsqueda sino que la sostiene. Como Ana y como María, somos invitados a cantar la fidelidad de Dios incluso en medio de lo que aún no se ha resuelto.
¿Qué palabra o acontecimiento reciente no has llegado a comprender y, en lugar de guardarlo en tu corazón como hizo María, lo has querido descartar o resolver a la fuerza?
¿En qué área concreta de tu vida —tu trabajo, una relación, una espera larga— necesitas hoy creer, como Ana, que el Señor «empobrece y enriquece, abate y enaltece», aunque ahora solo veas el abatimiento?
Santo del día
San Antonio de Padua
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