viernes, 24 de julio de 2026

Viernes de la 16a semana del Tiempo Ordinario

Matthew 13:18-23

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Primera lectura

Jeremiah 3:14-17

«Volved, hijos rebeldes», dice el Señor, «porque yo soy vuestro esposo. Tomaré a uno de vosotros de una ciudad, y a dos de una familia, y os llevaré a Sión. Os daré pastores según mi corazón, que os apacentarán con conocimiento y entendimiento. Y sucederá que, cuando os multipliquéis y crezcáis en la tierra, en aquellos días», dice el Señor, «ya no dirán: "¡el arca de la alianza del Señor!" No vendrá a la mente. No la recordarán. No la echarán de menos, ni se hará otra. En aquel tiempo llamarán a Jerusalén "el Trono del Señor"; y todas las naciones se reunirán en ella, al nombre del Señor, en Jerusalén. Ya no andarán tras la obstinación de su corazón malvado.

Salmo responsorial

Jeremiah 31:10,11-12,13

«Escuchad la palabra del Señor, naciones, y anunciadla en las islas lejanas. Decid: “El que dispersó a Israel lo reunirá, y lo guardará como un pastor a su rebaño”. Porque el Señor ha rescatado a Jacob, y lo ha redimido de la mano de quien era más fuerte que él. Vendrán y cantarán en las alturas de Sión, y afluirán hacia los bienes del Señor: hacia el trigo, el vino nuevo, el aceite, y las crías de las ovejas y de las vacas. Su alma será como un jardín regado, y nunca más volverán a entristecerse. Entonces la virgen se alegrará en la danza, y juntos los jóvenes y los ancianos; porque convertiré su duelo en gozo, y los consolaré, y los alegraré después de su pena.

Evangelio

Matthew 13:18-23

«Escuchad, pues, la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la palabra del Reino y no la entiende, viene el maligno y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Esto es lo que fue sembrado junto al camino. Lo que fue sembrado en pedregales, este es el que oye la palabra y al instante la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que dura solo por un tiempo. Cuando surge la tribulación o la persecución por causa de la palabra, al instante tropieza. Lo que fue sembrado entre los espinos, este es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y queda sin fruto. Lo que fue sembrado en tierra buena, este es el que oye la palabra y la entiende, el cual ciertamente da fruto y produce, uno cien veces más, otro sesenta y otro treinta.»

Lectio

Hay una ternura desconcertante en el modo en que Dios llama hoy a su pueblo: «hijos rebeldes», sí, pero en la misma frase, «yo soy vuestro esposo». No es la voz del juez que cierra la puerta, sino la del amante que la deja abierta. El Señor no espera a que volvamos perfectos; espera que volvamos. Y promete algo asombroso: convertir el duelo en gozo, hacer del alma «un jardín regado». Esa es la tierra que Dios sueña para nosotros, una tierra fértil donde la semilla pueda echar raíces hondas.

Pero el Evangelio nos recuerda con sobriedad que no toda tierra acoge la palabra de la misma manera. No es que Dios siembre menos en unos que en otros; siembra con la misma generosidad imprudente en todas partes. La diferencia está en lo que hay en nosotros: las piedras de una fe sin raíz que se derrumba ante la primera tribulación, los espinos de las preocupaciones y el engaño de las riquezas que, sin hacer ruido, van ahogando lo que crecía. Pocas veces decidimos de golpe abandonar la palabra; más bien dejamos que otras cosas la cubran lentamente, hasta que un día notamos que ya no da fruto.

Quizá la invitación de hoy sea precisamente esa: dejar de añorar arcas viejas, métodos pasados, seguridades que ya cumplieron su función —«no la echarán de menos», dice el Señor— para volver al Esposo que nunca dejó de sembrar en nosotros. Él no nos pide tierra perfecta. Nos pide que volvamos, y le dejemos arrancar lo que asfixia.

¿Qué «espino» concreto —una preocupación que te quita el sueño, una ambición que ya no puedes soltar— está ahogando en silencio algo que Dios sembró en ti hace tiempo y que aún no ha dado fruto?

¿En qué parte de tu vida sigues aferrándote a un «arca» del pasado —una herida, una certeza vieja, una manera de ser que ya no te da vida— que el Señor te está pidiendo soltar para poder llevarte a algo nuevo?

Santo del día

Beato Juan Antonio Pérez Mayo

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