sábado, 17 de octubre de 2026

Sábado de la 28a semana del Tiempo Ordinario

Luke 12:8-12

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Primera lectura

Ephesians 1:15-23

Por esta causa, yo también, habiendo oído de la fe en el Señor Jesús que hay entre vosotros, y del amor que tenéis hacia todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones; para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él; alumbrando los ojos de vuestros corazones, para que sepáis cuál es la esperanza de su llamamiento, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la sobreabundante grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación de la fuerza de su fortaleza, la cual obró en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en los lugares celestiales, muy por encima de todo principado, y autoridad, y poder, y dominio, y de todo nombre que se nombra, no solo en este siglo, sino también en el venidero. Y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud de aquel que todo lo llena en todo.

Salmo responsorial

Psalms 8:2-3,4-5,6-7

De los labios de los niños y de los que maman has fundado tu fortaleza, por causa de tus adversarios, para hacer callar al enemigo y al vengador. Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has establecido; ¿qué es el hombre, para que en él pienses? ¿Qué es el hijo del hombre, para que de él te cuides? Pues lo hiciste poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honor. Lo hiciste señor sobre las obras de tus manos. Todo lo pusiste bajo sus pies: todas las ovejas y los bueyes, y también los animales del campo,

Evangelio

Luke 12:8-12

«Os digo que todo aquel que me confiese delante de los hombres, también el Hijo del Hombre lo confesará delante de los ángeles de Dios; pero el que me niegue en presencia de los hombres, será negado en presencia de los ángeles de Dios. A todo el que hable una palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no le será perdonado. Cuando os lleven ante las sinagogas, los gobernantes y las autoridades, no os inquietéis por cómo o qué habréis de responder, ni qué habréis de decir; porque el Espíritu Santo os enseñará en aquella misma hora lo que debéis decir».

Lectio

Hay una misma mano que atraviesa las tres lecturas de hoy, y es la mano de un Dios que sostiene. Pablo pide que se nos alumbren los ojos del corazón para que veamos «la sobreabundante grandeza de su poder», ese mismo poder que resucitó a Cristo y lo puso por encima de todo dominio. El salmista, mirando la luna y las estrellas, se pregunta asombrado: «¿qué es el hombre para que en él pienses?». Y Jesús, en el Evangelio, promete que cuando nos lleven ante los tribunales no debemos inquietarnos, porque «el Espíritu Santo os enseñará en aquella misma hora lo que debéis decir». El Dios que sostiene galaxias es el mismo que sostendrá tus palabras temblorosas en el momento en que tengas miedo.

Hay algo profundamente consolador en que Jesús no nos pida preparar un discurso. No nos exige valentía acumulada de antemano, ni respuestas ensayadas. Nos pide algo más difícil y más sencillo a la vez: confiar en que el Espíritu llegará a tiempo. La confesión de la que habla el Evangelio no es una hazaña heroica que sacamos de nuestra propia fuerza, sino un dejarse habitar en la hora precisa. El que se sabe coronado «de gloria y de honor», poco menor que los ángeles, no se defiende con sus propios recursos: se apoya.

Quizá por eso el pecado que no se perdona es la blasfemia contra el Espíritu: no porque Dios se canse de perdonar, sino porque es cerrarle la puerta al único que podía sostenernos, negar que necesitemos ser sostenidos. Toda la vida cristiana descansa en un permiso interior: dejar que Otro llene «todo en todo», también los rincones donde solo hay miedo.

¿En qué conversación concreta de esta semana callaste a Cristo por miedo a lo que pensarían de ti, y qué te habría dicho el Espíritu si le hubieras dejado hablar?

¿Dónde estás intentando responder con tus propias fuerzas, ensayando el discurso de antemano, en lugar de confiar en que serás sostenido en la hora exacta?

Santo del día

San Ignacio de Antioquía

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