viernes, 8 de mayo de 2026

Nuestra Señora de Luján - Patrona de Argentina

John 19:25-27

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Primera lectura

Isaiah 35:1-6,10

El desierto y la tierra árida se alegrarán. La estepa se regocijará y florecerá como una rosa. Florecerá en abundancia, y se regocijará con gozo y cánticos. Se le dará la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, la magnificencia de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, y afianzad las rodillas vacilantes. Decid a los de corazón atemorizado: «Sed fuertes. No temáis. He aquí que vuestro Dios vendrá con venganza, con la retribución de Dios. Él vendrá y os salvará. Entonces se abrirán los ojos de los ciegos, y se destaparán los oídos de los sordos. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y la lengua del mudo cantará; porque brotarán aguas en el desierto, y torrentes en la estepa. Los rescatados del Señor volverán, y vendrán a Sión con cánticos; y un gozo eterno estará sobre sus cabezas. Alcanzarán alegría y gozo, y el dolor y el gemido huirán.»

Salmo responsorial

Psalms 57:7-8,9-11

María dijo: «Mi alma engrandece al Señor. Mi espíritu se ha regocijado en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humilde condición de su sierva. Pues he aquí que, desde ahora, todas las generaciones me llamarán bienaventurada. Porque el Poderoso ha hecho grandes cosas por mí. Santo es su nombre. Su misericordia es de generación en generación para con los que le temen. Ha mostrado el poder de su brazo. Ha dispersado a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Ha derribado a los príncipes de sus tronos. Y ha exaltado a los humildes. Ha colmado de bienes a los hambrientos. Y ha despedido vacíos a los ricos. Ha socorrido a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre.»

Segunda lectura

Acts 1:12-14,2:1-4

Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que está cerca de Jerusalén, a la distancia de un camino de sábado. Cuando entraron, subieron al aposento alto, donde se hospedaban; es decir, Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hijo de Santiago. Todos estos perseveraban unánimes en la oración y la súplica, junto con las mujeres, y María la madre de Jesús, y con sus hermanos.

Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes en un mismo lugar. De repente vino del cielo un estruendo como el de un viento impetuoso que soplaba, y llenó toda la casa donde estaban sentados. Se les aparecieron lenguas como de fuego, que se repartieron, y se posó una sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.

Evangelio

John 19:25-27

Pero junto a la cruz de Jesús estaban su madre, y la hermana de su madre, María la mujer de Cleofás, y María Magdalena. Por tanto, cuando Jesús vio a su madre, y al discípulo a quien amaba que estaba allí, dijo a su madre: «Mujer, he ahí a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «He ahí a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su propia casa.

Lectio

Hay una mujer que atraviesa las tres lecturas, y no la vemos hacer casi nada. En el Evangelio, María está de pie junto a la cruz —no huye, no grita, no exige explicaciones— simplemente permanece. En el aposento alto la encontramos otra vez, en medio de los discípulos, perseverando en oración mientras esperan algo que aún no comprenden. Y en su propio cántico canta la revolución más callada de la historia: que Dios derriba a los poderosos y levanta a los humildes. La fuerza de María nunca fue la del que domina, sino la del que se queda cuando todo parece perdido.

Isaías promete que el desierto florecerá, que las rodillas vacilantes se afianzarán, que a los de corazón atemorizado se les dirá: «Sed fuertes, no temáis». Pero notemos cómo llega esa fortaleza: no como un rayo que nos vuelve invulnerables, sino como agua que brota lentamente en la tierra seca. María es esa tierra árida que floreció. Su fecundidad no vino de su fuerza propia, sino de su disponibilidad a recibir —el Espíritu la cubrió con su sombra, el mismo Espíritu que descendería como fuego sobre los reunidos en Pentecostés. Ella conocía ese descenso antes que nadie.

Y hay una línea que no deberíamos pasar por alto: «desde aquella hora, el discípulo la recibió en su propia casa». Jesús, desde la cruz, no nos da una doctrina sobre María; nos la entrega como madre, y nos pide dejarla entrar. Recibirla en lo propio, en lo cotidiano, en lo que somos de verdad y no en lo que aparentamos.

¿En qué situación concreta de tu vida ahora mismo estás huyendo o exigiendo respuestas, cuando lo que se te pide es simplemente permanecer de pie, como María junto a la cruz?

¿A quién de tu vida —una madre, una figura de fe, alguien que ha permanecido a tu lado— has dejado fuera de «tu propia casa», y qué gesto podrías hacer hoy para recibirla de verdad?

Santo del día

San Amato Ronconi

Ora lo lee en voz alta cada mañana, gratis. Ora