domingo, 13 de septiembre de 2026

24o domingo del Tiempo Ordinario

Matthew 18:21-35

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Primera lectura

Sirach 27:30,28:1-7

La ira y el enojo, también estos son abominaciones; y el hombre pecador los poseerá. El que se venga hallará venganza de parte del Señor, y él ciertamente afianzará sus pecados. Perdona a tu prójimo el mal que te ha hecho, y entonces tus pecados serán perdonados cuando ores. El hombre guarda enojo contra otro hombre, ¿y busca acaso sanación de parte del Señor? Con un hombre semejante a él no tiene misericordia, ¿y suplica por sus propios pecados? Siendo él mismo carne, alimenta la ira: ¿quién expiará sus pecados? Recuerda tu fin postrero, y cesa de la enemistad; recuerda la corrupción y la muerte, y permanece en los mandamientos. Recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; y recuerda el pacto del Altísimo, y pasa por alto la ignorancia.

Salmo responsorial

Psalms 103:1-2,3-4,9-10,11-12

¡Bendice al Señor, alma mía! ¡Y todo mi ser bendiga su santo nombre! Bendice al Señor, alma mía, y no olvides ninguno de sus beneficios; él perdona todos tus pecados; él sana todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la destrucción; él te corona de bondad y de tiernas misericordias; no acusará para siempre, ni guardará su enojo eternamente. No nos ha tratado conforme a nuestros pecados, ni nos ha pagado según nuestras iniquidades. Porque tan altos como están los cielos sobre la tierra, así de grande es su bondad para con los que le temen. Cuanto está el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones.

Segunda lectura

Romans 14:7-9

Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. Porque para esto Cristo murió, resucitó y volvió a vivir: para ser Señor así de los muertos como de los vivos.

Evangelio

Matthew 18:21-35

Entonces se acercó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí, y yo lo perdonaré? ¿Hasta siete veces?» Jesús le dijo: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Cuando comenzó a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Y como no podía pagar, su señor mandó que lo vendieran a él, con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. Entonces el siervo se postró y se arrodilló ante él, diciendo: "Señor, ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo." El señor de aquel siervo, movido a compasión, lo soltó y le perdonó la deuda.

»Pero aquel siervo, al salir, encontró a uno de sus consiervos que le debía cien denarios, y lo agarró y lo tomó por el cuello, diciendo: "¡Págame lo que me debes!" Entonces su consiervo se postró a sus pies y le suplicó, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." Pero él no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel, hasta que pagara lo que debía. Así que, cuando sus consiervos vieron lo que había sucedido, se entristecieron mucho, y fueron y contaron a su señor todo lo que había pasado. Entonces su señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Yo te perdoné toda aquella deuda, porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido misericordia de tu consiervo, así como yo tuve misericordia de ti?" Y su señor, indignado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagara todo lo que le debía. Así también hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón, cada uno a su hermano, sus ofensas.»

Lectio

Hay una imagen en el Evangelio de hoy que cuesta soltar: el siervo perdonado que sale, todavía con el peso de diez mil talentos quitado de sus hombros, y lo primero que hace es tomar por el cuello a quien le debe apenas cien denarios. No es la maldad la que asombra, sino la rapidez. Ni siquiera ha llegado a casa. Como si el perdón que acababa de recibir no hubiera tocado el fondo de su alma, sino que le hubiera resbalado por encima. Y ahí, sospecho, está el retrato de casi todos nosotros. Sabemos que Dios nos ha perdonado; lo hemos oído mil veces. Pero saberlo no es lo mismo que dejar que ese perdón nos ablande hasta cambiar cómo miramos al que nos debe algo.

El Sirácida lo dice con una lógica desnuda: guardas rencor contra otro hombre, ¿y buscas sanación del Señor? Siendo tú mismo carne, alimentas la ira, ¿y suplicas por tus propios pecados? No es una amenaza, es un espejo. La medida con que perdonamos no es un examen que Dios nos impone desde fuera; es la ventana por la que su misericordia entra —o no entra— en nosotros. El corazón cerrado con llave contra el hermano queda, por esa misma llave, cerrado contra la gracia que pedía recibir.

Y el Salmo nos recuerda hasta dónde llega esa gracia cuando la dejamos entrar: cuanto dista el oriente del occidente, así aleja Dios de nosotros nuestras transgresiones. Esa es la distancia a la que estamos llamados a arrojar la ofensa del otro. No a olvidarla fingiendo que no dolió, sino a soltarla tan lejos que ya no podamos usarla como arma. Perdonar de corazón, dice Jesús. De corazón, no de labios. Es la obra más lenta y más honesta que existe.

¿Quién es hoy ese consiervo al que tienes agarrado por el cuello —el nombre concreto de la persona cuya deuda contigo aún cobras en silencio?

¿Qué te costaría reconocer, esta misma tarde, una deuda tuya que alguien perdonó sin que tú se lo devolvieras nunca?

Santo del día

San Amado Remiremont

Ora lo lee en voz alta cada mañana, gratis. Ora