jueves, 15 de octubre de 2026

Jueves de la 28a semana del Tiempo Ordinario

Luke 11:47-54

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Primera lectura

Ephesians 1:1-10

Pablo, apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, a los santos que están en Éfeso, y a los fieles en Cristo Jesús: Gracia y paz a vosotros de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo; así como nos eligió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor; habiéndonos predestinado para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos favoreció gratuitamente en el Amado, en quien tenemos nuestra redención por medio de su sangre, el perdón de nuestras ofensas, conforme a las riquezas de su gracia, que hizo abundar hacia nosotros en toda sabiduría y prudencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito que se propuso en él, para una administración de la plenitud de los tiempos, para reunir todas las cosas en Cristo, las que están en los cielos y las que están en la tierra, en él;

Salmo responsorial

Psalms 98:1,2-3,3-4,5-6

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Su diestra y su santo brazo le han alcanzado la victoria. El Señor ha dado a conocer su salvación; ante los ojos de las naciones ha revelado su justicia. Se ha acordado de su misericordia y de su fidelidad para con la casa de Israel. Todos los confines de la tierra han visto la salvación de nuestro Dios. Aclamad al Señor, tierra entera; prorrumpid en cánticos de júbilo, sí, cantad alabanzas. Cantad alabanzas al Señor con la cítara, con la cítara y la voz del canto. Con trompetas y al son del cuerno, aclamad ante el Rey, el Señor.

Evangelio

Luke 11:47-54

¡Ay de vosotros! Porque edificáis los sepulcros de los profetas, y vuestros padres los mataron. Así que sois testigos y consentís en las obras de vuestros padres. Pues ellos los mataron, y vosotros edificáis sus sepulcros. Por eso también la sabiduría de Dios dijo: “Les enviaré profetas y apóstoles; y de ellos matarán y perseguirán a algunos, para que se pida a esta generación cuenta de la sangre de todos los profetas, que ha sido derramada desde la fundación del mundo; desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario.” Sí, os digo, se le pedirá cuenta a esta generación. ¡Ay de vosotros, doctores de la ley! Porque os habéis llevado la llave del conocimiento. Vosotros mismos no entrasteis, y a los que entraban se lo impedisteis.” Mientras les decía estas cosas, los escribas y los fariseos comenzaron a irritarse terriblemente, y a provocarle a hablar de muchas cosas; acechándolo, y buscando sorprenderlo en algo que dijera, para poder acusarlo.

Lectio

Hay una tensión luminosa entre estas lecturas. Pablo abre la carta a los Efesios con una explosión de gratuidad: fuimos elegidos antes de la fundación del mundo, bendecidos, adoptados, perdonados. Todo es don. Todo brota del beneplácito de un Padre que quiso, desde siempre, reunir todas las cosas en Cristo. Y frente a ese torrente de gracia recibida sin mérito, el Evangelio nos muestra a unos hombres que tenían en sus manos precisamente la llave del conocimiento, y que ni entraron ni dejaron entrar. Es la misma herencia —el conocimiento de Dios, su salvación revelada a los ojos de las naciones— pero recibida de dos maneras opuestas: como regalo que desborda o como posesión que se acapara.

Duele esa frase de Jesús: os habéis llevado la llave del conocimiento. No dice que la usaran mal, dice que la retuvieron. La convirtieron en propiedad, en signo de estatus, en puerta que cerrar. Y hay algo profundamente humano en ese gesto, porque a todos nos cuesta creer que lo mejor que tenemos nos fue dado gratis. Cuando olvidamos que somos hijos adoptados por pura misericordia, empezamos a construir sepulcros hermosos para los profetas muertos mientras perseguimos a los que Dios nos envía vivos. Honramos la gracia de ayer para no tener que obedecer la de hoy.

El salmo nos regresa al lugar correcto: cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. La respuesta a la gracia no es guardarla, es cantarla, es dejar que la salvación llegue hasta los confines de la tierra a través de nosotros. Quien de verdad ha recibido, no puede sino abrir puertas.

¿A quién tienes hoy cerca que busca a Dios, y a quién —quizá con buenas razones— le estás dificultando la entrada en lugar de abrirle la puerta?

¿Qué bendición de tu vida sigues tratando como algo que ganaste, cuando en verdad la recibiste gratis, y qué cambiaría hoy si de veras lo creyeras un regalo?

Santo del día

Santa Teresa de Ávila

Ora lo lee en voz alta cada mañana, gratis. Ora