domingo, 31 de mayo de 2026

Santísima Trinidad

John 3:16-18

Escuchar la lectura completa — MP3

Primera lectura

Exodus 34:4-6,8-9

Talló dos tablas de piedra como las primeras; y Moisés se levantó muy de mañana, y subió al monte Sinaí, como el Señor le había mandado, y tomó en su mano las dos tablas de piedra. El Señor descendió en la nube, y se puso allí con él, y proclamó el nombre del Señor. El Señor pasó delante de él, y proclamó: «¡El Señor! ¡El Señor, Dios misericordioso y clemente, lento para la ira, y abundante en amor y fidelidad!». Moisés se apresuró, e inclinó su cabeza hacia la tierra, y adoró. Y dijo: «Si ahora he hallado gracia ante tus ojos, Señor, te ruego que el Señor camine en medio de nosotros; aunque este es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y tómanos como tu heredad».

Evangelio

John 3:16-18

Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvado por medio de él. El que cree en él no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Lectio

Hay un hilo silencioso que une estas lecturas: el rostro de un Dios que se inclina hacia nosotros antes de que nosotros nos inclinemos hacia Él. En el Sinaí, Moisés sube cargando dos tablas de piedra, frágiles testigos de una alianza que el pueblo ya había quebrantado. Y sin embargo, lo primero que el Señor proclama de sí mismo no es su justicia ni su poder, sino que es «misericordioso y clemente, lento para la ira». Dios se nombra a sí mismo, y se nombra como ternura. Antes de que Moisés pida perdón, Dios ya ha revelado que perdonar es su forma de ser.

Siglos más tarde, esa misma inclinación de Dios hacia el mundo toma carne. «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único.» No es un Dios que envía para condenar, sino para salvar. En la fiesta de la Trinidad contemplamos precisamente esto: que el corazón de Dios, en su misterio más íntimo, es entrega, es comunión, es un amor que se da sin reservas. Moisés rogaba: «que el Señor camine en medio de nosotros, aunque este es un pueblo de dura cerviz». La respuesta definitiva a esa súplica es Cristo mismo, Dios caminando en medio de nosotros, no a pesar de nuestra dureza, sino a causa de ella.

Quizás lo más difícil no sea creer que Dios existe, sino creer que es así de bueno. Como Moisés, cargamos las tablas rotas de nuestras propias infidelidades y, sin embargo, somos invitados no a temer, sino a dejarnos amar. La condenación de la que habla el Evangelio no es un castigo que Dios impone desde fuera; es el lugar donde nos quedamos atrapados cuando nos negamos a creer que somos amados.

¿Qué «tabla rota» de tu vida —qué fracaso o pecado que crees imperdonable— estás cargando hoy al monte, temiendo que Dios responda con ira en lugar de con la ternura que Él mismo proclama?

¿En qué relación o decisión concreta de tu vida actúas como si Dios hubiera venido a condenarte, y cómo cambiaría tu manera de vivir hoy si de verdad creyeras que vino a salvarte?

Santo del día

Santa Petronila de Roma

Ora lo lee en voz alta cada mañana, gratis. Ora